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NOTAS

El tema del secreto
El tema del secreto
El tema del secreto Paolo Fabbri El punto de vista más adecuado para abordar el tema del secreto es el punto de vista del agente doble. Es decir, del espía, porque el espía actúa fuera del sistema de la verdad y dentro del sistema de las apariencias y sobre todo porque el agente doble es un doble agente secreto, pues se encuentra en la paradójica posición en la que las dos partes a las que sirve simultáneamente pueden saber muy bien que él realiza un doble juego y atenerse a esa circunstancia. Ahora bien, el problema consiste en saber cómo, en condiciones como éstas, se pueda establecer un simulacro de verdad creíble. Se trata de una cuestión de estrategia y es este aspecto estratégico del secreto lo que constituye el emblema (la empresa, como se habría dicho en el Renacimiento) del agente doble. Partiré, pues, de una imagen paradójica: de ese torbellino inevitable que es la escalada del secreto estratégico. Imaginemos, por ejemplo, que yo esté interesado en el hecho de que tú tengas un secreto y que descubro un secreto sobre ti, esto es, que descubro algo que tú quieres que yo no sepa. También tú debes estar interesado de alguna manera en mi interés por ese algo, pues de otro modo no habría secretos, habría sólo cosas que no se saben y, gracias a Dios, el mundo está lleno de cosas que ignoramos. Supongamos que llego a descubrir ese hecho. En este punto tengo el interés estratégico de fingir no haberme dado cuenta de él y de mantener secreta la circunstancia de que he descubierto tu secreto. Esto significa que te conducirás como si el hecho fuese secreto, mientras yo te miraré sabiéndolo y, por lo tanto, descubriendo todo lo que haces. Imaginemos que te das cuenta de que yo me he dado cuenta de tal hecho; yo, que te miraba a hurtadillas, quedo descubierto. Pero tú en modo alguno estás interesado en revelarme ese secreto, estás antes bien interesado en conservar el secreto sobre el hecho de que yo tengo un secreto sobre tu secreto. De esta manera te comportarás en verdad como antes, pero, sabiendo que te controlo, me darás indicios tales que harán ciertamente que semejante control no controle nada. En este punto puedo muy bien darme cuenta de que tú te has dado cuenta de que yo estoy al corriente de la situación y así sucesivamente. Este es un típico fenómeno de escalada de hostilidad -lo mismo que la carrera nuclear- y presupone que el secreto sea el objeto de una puesta, de un valor, alrededor del cual giran dos sujetos. Pero la escalada de secretos recíprocos hace ciertamente que el secreto inicial desaparezca con rapidez como objeto, hace que en la práctica la puesta se anule. Aquello que al principio quería yo saber sobre ti se convierte realmente en un pretexto para llevar a cabo un juego extraordinariamente complejo de secretos. Por eso las puestas de las guerras resultan ridículamente irrisorias cuando se las ve posteriormente en una perspectiva histórica. Por eso, nunca recordamos la razón por la que litigamos, las razones de nuestros litigios se encuentran en esa especie de vorágine que me complazco en dotar de un valor intelectual, especulativo. Desde este punto de vista la imagen del secreto cambia: ya no es una entidad estable partiendo de la cual se pueda definir la comunicación, como han querido algunos autores que de todos modos han trastrocado de manera correcta la vieja proposición de que “Existe un imperativo absolutamente normativo de comunicación. Existen zonas oscuras, líneas de sombras, que se reducen porque en el fondo la felicidad y la ausencia de violencia corren parejas con la comunicación y la determinación explícita de las zonas de sombra”. El vuelco de esta hipótesis está bien sintetizado en los versos de Frost: “We dance around in a circle and suppose/ the secret sits in the middle and knows” (“Danzamos en un círculo suponiendo que el secreto está en el centro y sabe”). Esta es la idea de una estabilidad central del secreto alrededor del cual gira la comunicación. El dato original sería pues, no la comunicación que determina zonas de sombras irreductibles, sino las zonas de sombra mismas. La comunicación se define “por calco”, por el vacío de ese secreto que mora en ella. Se trata de una hipótesis muy interesante que yo, sin embargo, no comparto porque presupone el carácter estático del secreto. Es una hipótesis estática y por lo tanto peligrosa porque, aun renunciando al primitivo planteo informacional, continúa de todas maneras practicando una reducción radical del secreto. Veamos un ejemplo tomado del psicoanálisis. Winnicot primero -y después de él sobre todo el psicoanálisis más reciente- insiste en que no debe realizarse el imperativo freudiano clásico de "hay que decirlo todo". En su teoría, Freud dice que las pulsiones están vinculadas con algo mítico y profundamente secreto, pero que en la interacción la regla psicoanalítica es la de decirlo todo, extraer el secreto desde sus raíces. Ahora bien, los psicoanalistas han reparado en el aspecto profundamente anómico de esta obligación de transparencia -de esta idea de tener que “volcarlo todo” al otro- que implica síntomas suplementarios. Esto es lo que en la década de 1970 Baudrillard llamaba “la obscenidad de la comunicación”, que significa ponerlo todo “en escena” jugando burlonamente con una falsa etimología. Hoy, por el contrario y según el psicoanálisis, es necesario mantener el secreto no como una zona de sombra irreductible, sino como un juego del lenguaje. Creo que en este tipo de hipótesis se puede insertar una idea que me es cara, la idea de un secreto táctico, estratégico, cuya característica más apasionante es la continua movilidad de la información secreta que cambia constantemente en función del lenguaje. En su artículo sobre las sociedades secretas, Simmel decía: “Se podría sostener la paradoja de que la existencia humana colectiva exige cierta dosis de secreto, el cual sencillamente cambia sus objetos: al abandonar uno se adueña de otro y en este vaivén mantiene la misma cantidad”. En suma, debemos imaginar el secreto como una cantidad finita e irreducible, como una cubierta demasiado corta: si descubrimos algo inmediatamente cubrimos alguna otra cosa y viceversa. Representarse el secreto en movimiento significa, a mi juicio, romper con la imagen tenebrosa del esqueleto puesto en el armario y convertirlo más bien en un “secreto de Polichinela”, es decir, un secreto irrisorio, hecho vano por su desplazamiento. Desde este punto de vista, todo secreto es un secreto de Polichinela. Lo curioso es que aquello que lo hace irrisorio es precisamente su descubrimiento, que no significa desaparición sino que significa sencillamente desplazamiento. La profundidad del análisis de Simmel tiene sus raíces en la tradición de las sociedades secretas de los siglos pasados: no es una trivialidad afirmar que la Revolución Francesa es el producto de las Luces, pero también de las sociedades secretas con cuya extraordinaria proliferación están quizá vinculados los movimientos políticos del siglo pasado. La tipología de las sociedades secretas (desde las más antiguas a las contemporáneas) puede tener arquitecturas de gran complejidad, pero todas esas sociedades presentan un rasgo común que garantiza su funcionamiento. No se trata tanto del secreto en sí (la masonería es una sociedad cuyos nombres son conocidos por todos, cuyos fines están públicamente reconocidos), como del acto del juramento, del compromiso de guardar el secreto. El motor de estas sociedades que funcionan “con secreto” -como se dice de un artefacto que funciona “con agua” o “con gasolina”- es precisamente el juramento de fidelidad al otro, que al mismo tiempo es un juramento de mantener el secreto. El juramento altera radicalmente las relaciones sociales: crea la más intensa relación de fidelidad que se pueda imaginar y al mismo tiempo la más radical y amenazadora relación con el otro. Desde el momento en que uno jura compartir un secreto se convierte en alguien capaz de traicionarlo. Automáticamente el traidor -que, según sabemos, es el hombre gracias a quien existen todas las narraciones pues no habría narración si no hubiera traidores- es la persona que ha jurado a alguien ser fiel a un secreto compartido. De manera que la persona que está mas cerca de uno es al mismo tiempo su peor enemigo. Creo que este fenómeno no sólo explica a todos los grupos que funcionan “en secreto”, a saber, los grupos que comparten el secreto sino que también constituye su paradójica relación de fidelidad y de exterminio. Considérese simplemente la dimensión divisionista de los grupos de extrema izquierda. Sostengo que al desarrollar la reflexión sobre la visión estratégica del secreto -del secreto en movimiento, del secreto como juego de lenguaje- comprenderemos sobre su funcionamiento cosas que consideradas desde otro punto de vista parecen contradictorias. Es evidente que buena parte de nuestro modo de hablar no transmite informaciones cabales, sino que transmite sólo fragmentos de informaciones que otro deberá reconstruir y que se constituyen así como instrumentos para excluir a terceras personas incómodas. Pienso en la alusión, en esa figura retórica con la que creamos una complicidad -compartir un secreto cualquiera- al activar un número limitado de rasgos lingüísticos. Es lo que Derrida llama la shibboleth (del hebreo, “lo que te hace reconocer a los tuyos”), es ese trozo de moneda que te hará reconocer inmediatamente a quien posee la otra mitad el día que lo encuentres. Eso es, el secreto está aquí, en esta moneda rota y repartida entre dos sujetos: aquí no hay nada de secreto, se trata sólo de hacer alusivamente una señal, una señal de entendimiento. Lo que interesa es, pues, no tanto la ontología del secreto (su estrategia de verdad) como su fuerza retórica, su capacidad de persuasión. Otro ejemplo podría ser el de los sistemas de descifrar que tuve ocasión de estudiar con el matemático Rosensthiel. Toda la cultura occidental está penetrada por una cuestión obsesiva: “¿Cómo encontrar un modo de codificar la información que garantice el secreto absoluto?”; es algo así como hablar del “arma absoluta”. Para mí, este mito es análogo al de una falsificación en cuanto a la verdad. La falsificación supone una estrategia continua entre el falsario que copia perfectamente y la otra persona que inmediatamente reconstruye algo aún más infalsificable. Es un juego que apunta, no a la verdad última, sino a la imposibilidad exponencial de una verdad definitiva. En el acto de descifrar tenemos exactamente el mismo fenómeno con los “sistemas de clave revelada” que son organizaciones numéricas extremadamente fáciles de codificar, pero difíciles de descifrar aun cuando se emplee un ordenador muy potente. El secreto está sólo en el cono de sombras causado por el tiempo que dura el cálculo de la máquina. Con demasiada frecuencia se concibe el secreto como algo situado en el espacio, como algo invisible y oculto por lo que forma una barrera al ojo o al oído (la gruta, la caja de caudales, la cortina o cualquier defensa de protección). En los códigos de clave revelada todo es público, pero se establece un tiempo de cálculo insostenible: el mensaje cifrado puede calcularse íntegramente, pero ello no obstante permanece invulnerable puesto que las operaciones podrían durar millares, si no millones, de años. Además, apenas se sospecha que se acercan los tiempos de hallar la solución siempre se puede cambiar rápidamente el código de manera que el secreto (de Polichinela) permanecerá inviolado. Nuevamente pues el secreto está en marcha, está en movimiento, oculto en el cono de sombras del tiempo. Otro ejemplo que ayuda a comprender toda una serie de enunciaciones aparentemente contradictorias es el de los hombres de ciencia, el de los divulgadores más encarnizados, quienes pretenden que todos sus descubrimientos sean “puestos en claro” y difundidos. Pero basta pensar en todas las grandes carreras contemporáneas que apuntan al descubrimiento, para darse cuenta de que cualquier laboratorio usa todas las técnicas para “mantener en secreto” y “poner en código” a fin de que el laboratorio competidor no sepa lo que se está haciendo. En consecuencia, para los hombres de ciencia es absolutamente obvio el máximo de secreto en sus operaciones y el máximo de divulgación en sus resultados. Quien haya visitado un gran centro de investigación sabe que los laboratorios funcionan con los textos ya listos en los teletipos mientras todavía se hacen los cálculos, a fin de aventajar en el tiempo a los laboratorios adversarios y poder adjudicarse así nuevos fondos para la investigación. Y al mismo tiempo, quien cree que puede perder esta carrera ya está dispuesto a reorganizar la demostración de los resultados para orientarlos de otro modo. El aspecto estratégico es de tal condición que si redujésemos la problemática del discurso científico a la relación ontológica entre la verdad y el ser, perderíamos de vista todo cuanto acontece de apasionante. Lo que nos interesa es de nuevo más la circulación de los secretos que su naturaleza, más la modalidad de su proceso que su estado. Greimas, inmerso en sus modelos, decía un día: el secreto es interesante porque está interdefinido. Consideremos las dos grandes categorías de "ser" y de "parecer" y construyamos luego las dos antinomias "ser/no ser" y "parecer/no parecer". Ahora bien: ¿qué es algo que es y parece lo que es? La verdad. ¿Qué es algo que es y no parece lo que es? E1 secreto. ¿Qué es algo que parece pero no es? La mentira. ¿Qué es algo que no es y no parece? La indiferencia, la adiaforesis, aquello de lo que parte todo lo demás, la comunicación irrelevante. Este es un modelo interesante sólo porque permite mostrar que existe una posible conversión entre estos fenómenos: niega el parecer y obtendrás el secreto, niega el ser y obtendrás la mentira. Pero con la ventaja de la interdefinición, este sistema de categorías pierde la radical discontinuidad que hay entre los efectos de semejanza, secreto y verdad. Creo que la definición de la verdad como ser y parecer al mismo tiempo no es satisfactoria. Si hemos perdido -creo que definitivamente- la idea de la verdad como adaequatio rei ad intellectum y pensamos que es un suceso, un darse, entonces tengo la impresión de que la aparición de una cosa en forma de enigma puede ser una de las formas de darse la verdad.
 
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